Editorial: El Niño no puede encontrarnos desprevenidos

Septiembre 3 de 2026

Augusto Galán Sarmiento MD. MPA

Director del Centro de Pensamiento Así Vamos en Salud

El Ministerio de Salud y Protección Social y el Instituto Nacional de Salud han hecho bien en acelerar la preparación del sistema frente a los efectos que puede producir el Fenómeno de El Niño 2026-2027. La Guía para el monitoreo y evaluación de la Gestión Territorial Integral de la Salud Pública y el comunicado expedido el 29 de agosto constituyen una señal oportuna. Anticiparse es precisamente lo que corresponde hacer en salud pública.

El riesgo está identificado. El aumento de las temperaturas, la disminución de las precipitaciones, la posible escasez de agua, los incendios forestales, el deterioro de la calidad del aire y el incremento de enfermedades relacionadas con estas condiciones pueden afectar especialmente a niños, personas mayores, gestantes, pacientes con discapacidad y población en condiciones de vulnerabilidad.

El Ministerio plantea fortalecer los planes territoriales de contingencia, intensificar la vigilancia epidemiológica de los eventos sensibles al clima, reforzar las acciones de promoción y prevención, garantizar la continuidad de los programas de vacunación y de control de enfermedades transmitidas por vectores, vigilar la calidad del agua y articular al sector salud con la gestión del riesgo de desastres. Son medidas necesarias. Hay que ejecutarlas con celeridad.

Resulta especialmente acertada la instrucción dirigida a las IPS (hospitales y clínicas) para que mantengan actualizados sus planes hospitalarios de emergencia y reporten diariamente su capacidad de respuesta. El Ministerio menciona expresamente camas disponibles, talento humano, medicamentos, insumos, agua potable, sistemas de respaldo y demás recursos necesarios para atender eventuales emergencias.

El problema ya no es solamente si Colombia tiene lineamientos para enfrentar El Niño. Los tiene. La pregunta es si el sistema de salud tiene hoy la capacidad efectiva para cumplirlos.

Los fenómenos naturales no llegan a sistemas ideales. Llegan al sistema que existe y el nuestro atraviesa una crisis financiera y operativa, con dificultades de acceso, problemas en la entrega de medicamentos, hospitales y clínicas con restricciones de liquidez, redes tensionadas y diferencias enormes en la capacidad institucional de los territorios. A ello se agregan las debilidades de infraestructura que quedaron expuestas después del terremoto del 10 de agosto.

El terremoto y El Niño son amenazas diferentes. Pero ambos interrogan sobre lo mismo: ¿cuál es la capacidad real de respuesta territorial del sistema de salud colombiano?

Por eso adquiere especial importancia la Guía para el monitoreo y evaluación de la Gestión Territorial Integral de la Salud Pública, expedida por el Ministerio este mismo mes. El documento establece cinco dimensiones para evaluar la gestión territorial: financiera, administrativa, técnica, resultados en salud y parámetros de calidad. Además, determina que las entidades territoriales deben realizar monitoreo mensual, mientras el Ministerio hará seguimiento trimestral y evaluación anual.

La Guía contiene otro elemento fundamental: el seguimiento no puede reducirse al diligenciamiento de formatos. Exige analizar indicadores, detectar alertas tempranas, adoptar acciones correctivas, verificar evidencias y contrastar la información reportada con la realidad operativa mediante verificaciones in situ. Esa es la lógica que esperamos se aplique ahora para la preparación frente a El Niño.

Necesitamos conocer cuál es la capacidad hospitalaria disponible en los territorios de mayor riesgo; cuáles medicamentos e insumos críticos cuentan con inventarios suficientes; qué hospitales tienen vulnerabilidades en el suministro de agua o energía; qué capacidad de laboratorio y vigilancia epidemiológica existe para responder al aumento del dengue, malaria, infecciones respiratorias, enfermedades transmitidas por agua y otros eventos sensibles al clima; qué disponibilidad real de talento humano existe; y cuáles recursos financieros están disponibles para enfrentar una contingencia prolongada.

Además, ¿quién consolidará esa información y cómo la conocerá el país? Seguramente el Ministerio y el INS darán ese siguiente paso. Construir un tablero nacional de preparación y respuesta frente a El Niño, territorializado y actualizado periódicamente, que permita identificar riesgos antes de que se conviertan en crisis. Un semáforo que muestre capacidad hospitalaria, medicamentos e insumos críticos, talento humano, agua, energía de respaldo, vigilancia epidemiológica y capacidad de laboratorio, acompañado de alertas y acciones correctivas.

No se trata de crear otra estructura burocrática. La propia Guía proporciona buena parte de los instrumentos de monitoreo y evaluación necesarios y establece que el seguimiento debe servir para retroalimentar a los responsables y adoptar planes de mejora oportunamente.

En salud pública anticiparse siempre cuesta menos que reaccionar tarde. La vigilancia sirve precisamente para observar antes de que ocurra el daño; la gestión del riesgo, para prepararnos antes de la emergencia; y la información, para tomar decisiones antes de que los servicios se desborden.

El Ministerio y el INS han dado una señal correcta al acelerar la preparación. Ahora hay que convertir los lineamientos en capacidad efectiva en los territorios: responsables definidos, recursos disponibles, metas verificables, información pública y seguimiento permanente. Porque El Niño llega y no nos puede encontrar desprevenidos.