Editorial: La salud después de las urnas

Junio 25 de 2026

Augusto Galán Sarmiento MD. MPA

Director del Centro de Pensamiento Así Vamos en Salud

Colombia ha tomado una decisión. Abelardo de la Espriella ha sido elegido presidente de la República y con ello se abre una nueva etapa política para el país. Como ocurre en toda democracia madura, el resultado merece respeto. Y exige reflexión, especialmente en aquellos asuntos que comprometen la vida cotidiana de millones de personas y cuyo futuro no puede quedar atrapado en la lógica de las victorias y derrotas electorales.

La salud es uno de ellos.

La elección ocurre después de años de profunda turbulencia institucional. El país ha presenciado una discusión intensa sobre el futuro del aseguramiento, la financiación del sistema, el papel del Estado y la participación de los actores privados. Al mismo tiempo, los ciudadanos han enfrentado dificultades crecientes para acceder a medicamentos, consultas, procedimientos y tratamientos. Las cifras de reclamaciones, tutelas y quejas se han convertido en una dolorosa evidencia de una crisis que ya nadie puede negar.

El programa de gobierno del nuevo presidente reconoce esa realidad. Habla de una crisis humanitaria, propone un plan de choque financiero, la recuperación del flujo de recursos, el fortalecimiento de la atención primaria, la protección de pacientes vulnerables y la preservación de aquello que funciona dentro del sistema. Son planteamientos que responden a problemas reales y que merecen ser examinados con seriedad, mucho más para entender cómo es que se realizarán esos cambios.

Sin embargo, precisamente porque la situación es crítica, conviene identificar algunos desafíos que acompañarán inevitablemente el camino que comienza.

El primero tiene que ver con la tentación del péndulo.

Durante los últimos años, la discusión sanitaria estuvo marcada por una narrativa que atribuía los problemas del sistema a la existencia misma del modelo de aseguramiento. Ahora existe el riesgo inverso; concluir que la solución consiste simplemente en regresar a la situación previa a la crisis.

Los sistemas de salud son organismos complejos. Se construyen durante décadas, acumulan capacidades, desarrollan aprendizajes y también arrastran errores. La experiencia internacional demuestra que los mejores resultados no suelen provenir de las rupturas abruptas ni de las restauraciones nostálgicas. Surgen, más bien, de la capacidad para corregir fallas preservando aquello que genera valor para los ciudadanos.

Antes de esta crisis existían problemas que requerían atención. Debilidades en acceso, inequidades territoriales, fragmentación de servicios, insuficiente coordinación asistencial y crecientes tensiones financieras. Ignorar ello sería repetir errores que el país ya conoce demasiado bien.

La segunda preocupación es la sostenibilidad.

El programa de gobierno plantea un plan de choque para recuperar el sistema de salud y simultáneamente propone un profundo ajuste fiscal orientado a fortalecer la regla fiscal, reducir el tamaño del Estado y recuperar el equilibrio de las finanzas públicas. Ambos objetivos son legítimos. Pero su coexistencia obliga a responder preguntas complejas.

¿Cómo financiar de manera estable un sistema que deberá atender una población cada vez más envejecida? ¿Cómo incorporar nuevas tecnologías de alto costo? ¿Cómo responder al crecimiento de las enfermedades crónicas? ¿Cómo garantizar el acceso oportuno a medicamentos innovadores?

La sostenibilidad no es un asunto contable. Es una condición para la vigencia efectiva del derecho a la salud.

Por eso la discusión no puede limitarse a la búsqueda de recursos adicionales. También debe abordar la manera en que esos recursos se utilizan. El desperdicio, las ineficiencias, la fragmentación de procesos y la utilización de intervenciones de bajo valor continúan representando una carga significativa para el sistema. Ningún cambio será suficiente si no enfrenta simultáneamente esos problemas.

La tercera preocupación es la gestión del riesgo. La discusión política suele concentrarse en quién paga las cuentas. Mucho menos frecuente se pregunta quién evita que aparezcan.

El equilibrio de un sistema depende de una figura para anticiparse a la enfermedad, identificar riesgos tempranamente, coordinar la atención de pacientes complejos y evitar complicaciones prevenibles. Allí se encuentra la esencia del aseguramiento moderno. Un sistema que se limite a financiar servicios termina reaccionando frente a la enfermedad. Un sistema que gestiona riesgos trabaja para evitarla o reducir sus consecuencias.

La diferencia es enorme.

Por ello, uno de los grandes retos del nuevo gobierno será fortalecer esa capacidad de gestionar integralmente el riesgo, medirlo rigurosamente y convertirlo en el principal criterio para evaluar el desempeño de todos los actores del sistema. Recuperar el flujo financiero es indispensable. Pero no será suficiente si no se fortalecen simultáneamente los mecanismos que permiten producir mejores resultados en salud.

La elección del presidente de la República abre una oportunidad para corregir errores evidentes y recuperar la confianza de los ciudadanos. Pero el verdadero desafío no será desmontar lo hecho por el gobierno anterior ni restaurar aquello que existía antes de la crisis.

Será algo mucho más difícil. Construir una nueva etapa que combine estabilidad institucional, sostenibilidad financiera y gestión efectiva del riesgo. Una etapa capaz de escapar de los péndulos ideológicos que han dominado el debate reciente.